Mantener el espíritu de las vacaciones
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Hace un mes iba en el avión de Madrid a Barcelona,
con Carlos, mi marido y Alba, nuestra preciosa hija de un añito,
lo que, para los que hayan viajado con niños en un avión,
sabrán que en un momento u otro no queda más que dar largos
paseos por el avión para que el trayecto sea más “llevable”.
Volvíamos de pasar nuestros ansiados días de vacaciones
con mi familia en Uruguay y tal vez por la tristeza de la incertidumbre
de no saber cuándo los veré de nuevo, o por el recuerdo
aún fresco de todos los momentos maravillosos que habíamos
pasado, o porque cuando estoy muy cansada en ocasiones me cuesta descansar,
dormir, y no desconecto, me dediqué a observar al resto de pasajeros
que venían en el avión dando esos paseos.
Y me sorprendió ver que podía agrupar a los pasajeros en
3 grupos:
1. Los que por su aspecto, no es fácil a simple vista hacer
una conjetura de dónde vienen.
2. Los que, en base a mi observación y mi “radar”,
podría decir que venían de un safari. Con ropa de color
marrón, terracota o verde, pantalones y camisas con muchos
bolsillos, botas, mochila, ¡vaya como si acabaran de arrasar
con las existencias de la tienda de Coronel Tapioca...!
3. Y por último (este era fácil, las camisetas los delataban)
los que venías de Cancún. Pantalones cortos, colores
vistosos, zapatillas deportivas, chanclas, camisetas con logotipos
de “Playa del Carmen”, “Riviera Maya”, “Tulum”,...
piel morena, chicas con trenzas en el pelo,...
Ambos grupos volvían totalmente mimetizados
con el entorno en el que habían estado.
Pero si algo se percibía en el ambiente era que las conversaciones,
estaban llenas de alegría, ilusión, compartiendo experiencias
vividas, momentos de ilusión, anécdotas,... y sobretodo
los nuevos planes para empezar en septiembre, un “nuevo rumbo”.
Algo que yo también suelo hacer, pero que generalmente cumplo “época
nueva, ilusiones nuevas”, tales como: en cuanto vuelva, adelgazo
esos quilitos de más de este verano, pasaré más tiempo
con mi familia, el trabajo no me absorberá, seré más
positiva, me levantaré 45 minutos antes cada día para desayunar
con tranquilidad y hacer algo de deporte, tengo que tener más contacto
con Vanesa, Sonia, Joaquín y Valentín,... Cada uno, pensará
y hasta escribirá los suyos.
Pero lo que realmente me hizo meditar es cuánto dura esta euforia
planificadora, ya que volvemos con muchas propuestas de mejora, pero me
gustaría saber cuánto tiempo (por desgracia) las mantenemos,
y si llegamos a hacerlas realidad. Ya que al cabo de 15 días (y
en ocasiones menos) de vuelta al trabajo, sorprende escuchar frases como:
¡Las Vacaciones, como siempre, cortas!, ¡Olvidadas ya!, ¡Pasan
tan rápido!, ¡Ya ni me acuerdo! ¡Ahora en la rutina
de siempre!
Yo, como me resisto a esta desidia, propongo que disfrutemos de lo mucho
o de lo poco que tenemos, (eso es una valoración personal), y quedarnos
con todos los momentos bonitos que vivimos, manteniendo día a día
la ilusión y no dejándonos llevar por la rutina. A fin de
cuentas nuestros lugares de trabajo o nuestras vidas, bien pueden ser,
o las podemos hacer, una jungla llena de fieras donde el objetivo es sobrevivir,
o un especio con armonía y felicidad, donde ver una puesta de sol
maravillosa. A fin de cuentas todo depende del foco de nuestra mente,
yo elijo mantener el espíritu de la alegría de las vacaciones
y esa ilusión ¿y tú?
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