Otra gestión del conocimiento
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Dentro del marco de los análisis
de la cultura y el comportamiento organizacional, en esta última
década se ha prestado especial atención al rol de la
gestión
del conocimiento.
La cuestión ha sido estudiada desde diversas disciplinas, cada
una con diferentes enfoques. La economía analizó los efectos
estructurales de la administración del denominado “capital
intelectual” sobre la medición de activos –intangibles,
en este caso- y los métodos de valoración de empresas. Por
su parte, el management estudió principalmente la influencia de
la economía basada en el conocimiento sobre los procesos de trabajo,
las competencias a desarrollar en los trabajadores, la tecnologización
de las operaciones, el trabajo en equipo y el trabajo a distancia. Existen,
a su vez, aportes de la psicología organizacional, de la ingeniería
comercial y de las teorías de la educación.
Sin embargo, aún no se ha profundizado lo suficiente la visión
de la gestión del conocimiento con relación al
lenguaje,
es decir, como construcción de significados colectivos que orientan
las prácticas, las reglas y las acciones de las personas en las
organizaciones. Cuando las empresas incuban estrategias de gestión
del conocimiento llegan –las menos- a reconocer el papel central
del lenguaje y de los sentidos producidos. Sin embargo, aún ven
la comunicación como
transmisión y no como
producción
del conocimiento.
Las organizaciones son sistemas productivos que actúan en una doble
dimensión:
acción y sentido de esa acción.
Si, como dicen todas las teorías, el conocimiento organizacional
debe actuar sobre la primera dimensión (la acción) –en
forma de conductas, estructuras, procesos y sistemas- debe antes hacerlo
en la otra instancia: el sentido. ¿Cómo modificar conductas
sin cambiar los paradigmas que sirven de referencia a esas conductas?
¿Cómo incorporar tecnología sin capacitar a la gente
para utilizarlas? ¿Cómo sistematizar procesos y alinear
estructuras sin conocer la dimensión socio-cultural detrás
de esos sistemas formales? ¿Cómo atender la complejidad
del fenómeno del conocimiento organizacional integralmente?
El conocimiento es sumamente complejo de gestionar debido a su elemento
realizador: el lenguaje. Si se trata con conocimientos, se trata obligatoriamente
con significados. Nunca existe conocimiento independiente de un discurso.
Se trate de una idea aún latente en la mente de un hombre, de una
gran base de datos o de un estudio publicado en el boletín interno,
el conocimiento es esencialmente un mensaje vinculado a más mensajes
y puesto en circulación.
El conocimiento organizacional, antes de ser una ventaja competitiva,
una potencialidad de posicionamiento corporativo, o una fuente de riqueza
y promesas monetarias para las empresas, es una
red de sentidos
que habita en el interior de la organización y de sus integrantes.
Consecuentemente, el acento no debería colocarse en el conocimiento
como producto sino como proceso. Desde esta perspectiva, el conocimiento
organizacional es, evidentemente, construido y compartido socialmente.
Se disemina y recrea en los procesos de comunicación dados a diario
en la empresa.
Seguramente para comenzar a enfocar el estudio del conocimiento organizacional
desde una perspectiva comunicacional, hará falta un cambio de paradigma.
Y cada vez que se cambia la mirada sobre un problema, se cambia el problema.
Entonces, ¿cuál es el nuevo problema que plantea la gestión
del conocimiento organizacional?
Como se argumentó anteriormente, es imposible pensar el conocimiento
fuera del lenguaje. Por lo tanto, la gestión del conocimiento organizacional
debe localizarse en el nivel de esas redes de comunicación, que
en ocasiones serán estructuras formales –como es el caso
de departamentos, equipos de proyectos, plantas o niveles gerenciales
determinados- y en otras serán informales (comunidades más
espontáneas).
El conocimiento organizacional atraviesa el pasado, presente y futuro
de una institución. Es su memoria, su identidad y su proyección.
Claro que esto no puede verse si sólo nos detenemos en las tecnologías,
en los sistemas o en el retorno económico del conocimiento organizacional.
Si, en cambio, nos preocupamos por entender el sentido que ese conocimiento
tiene para la organización, descubriremos su verdadera e histórica
esencia.
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