Nuestros juicios revelan
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Frecuentemente, nuestros juicios no hacen otra cosa
más que dar a conocer nuestra falta de espíritu crítico,
lo deficiente que somos en saber apreciar las personas o los hechos.
No es preciso ser gran observador para saber la forma en que desnaturalizamos
los hechos. Somos muchas veces pésimos observadores. Basta haber
asistido a un acontecimiento para ver cómo se deforman los hechos
en la prensa, en las conversaciones y sobre todo en los chismes.
Es suficiente comprobar ciertas habladurías malévolas para
cerciorarse de los enormes errores que se cometen corrientemente.
Y lo peor que con frecuencia se basa uno en estas exageraciones no sólo
para promulgarlas, sino para constituirnos en jueces.
¡Cuánto mal, en efecto, hacemos a los demás al contar
los hechos exagerándolos o sin conocerlos bien! Más aún
cuando se trata de la reputación de una persona. Tal vez nosotros
hemos sido ya víctimas de estas malas interpretaciones y de esos
“me dijeron”, “me contaron”, “oí
decir que...”
Esto debería refinar nuestro espíritu crítico y oír
con signos de interrogación acompañados de “quizás”
los comentarios malignos que se propagan contra el prójimo. En
vez de hacer esto,
¿no es cierto que frecuentemente mostramos
una credulidad verdaderamente pueril ante todo lo que oímos y leemos
sobre todo en la página roja de los diarios y revistas?
Además de revelar nuestro pobre espíritu crítico
y nuestra ignorancia al condenar y juzgar, lo peor es nuestra falta de
amor hacia el prójimo. No se condena a los que se ama.
No es que se ignoren o se aprueben sus faltas y quizá el mal que
hay en ellos; pero la caridad nos urge a que los miremos con longanimidad,
con paciencia a fin de llegar a comprenderlos.
Hay que hacer un esfuerzo para ver más allá del mal que
hacen o de lo que nos parece mal, más allá de las simples
apariencias que muchas veces engañan, más allá de
la antipatía que podamos tener hacia cierta persona.
Sólo el verdadero amor nos llevará a vencer esas fronteras
que nos ciegan y que nos constituyen en jueces de los demás.
¡Qué peligroso es, entonces, hablar, comentar, propagar,
sin detenerse un momento al menos para no caer en la lamentable tentación
de revelar nuestra ignorancia y de faltar a lo que fuimos creados: a amar.
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