La economía que habla sobre sí misma
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Desde hace aproximadamente una década en nuestro
país, en Europa y Estados Unidos aún desde antes, asistimos
a una explosión creciente de producciones de contenido sobre gestión
y economía -bibliografía, publicaciones, debates, encuentros,
seminarios, foros, sitios de Internet-. Esta escalada de ediciones sobre
temas empresariales va acompañada de innumerables registros conceptuales
asociados y hasta glosarios específicos.
En torno a las empresas y organizaciones se ha creado un universo discursivo
inmenso y en continuo desarrollo y expansión. Estas formas de “darse
a conocer “de la economía de fines de siglo XX están
atadas a presupuestos culturales y sociales que evidencian una emergencia
histórica del conocimiento. ¿Por qué existe hoy una
oferta tan inmensa de libros sobre marketing y ventas? ¿Podría
alguien reunir o siquiera enumerar las publicaciones sobre recursos humanos
y relaciones laborales editadas durante los últimos diez años?
Parece virtualmente imposible. ¿Cuántos modelos de reducción
de costos, medición de desempeño y optimización de
procesos industriales recibieron difusión en los 90’s? Más
de los que es posible recordar, seguramente.
¿Cómo puede explicarse esta proliferación incesante
de discursos sobre el sistema económico en el que estamos insertos?
En primer lugar, la economía actual es una economía conocimiento-intensiva,
se producen bienes y servicios cargados de información, de imágenes
y de signos de todo tipo. Hoy la organización de la economía
es visualizada como un flujo constante de información y de “capital
intelectual”, como se denomina a la acumulación de activos
informativos. Esta particular configuración de las formas económicas
actuales exige mayor reflexión y discursos en torno a las relaciones
entre el hombre y su comunidad económica. La economía en
que vivimos transforma lo cognitivo y lo cultural en capital.
Desde los mecanismos mismos de la economía se gestan las producciones
simbólicas sobre esa economía. La economía exige
que se hable de ella, que se escriba, que se dicten clases y conferencias.
Los discursos sobre empresas se han multiplicado en los medios de comunicación
de masas, en las nuevas tecnologías de información y han
generado, a su vez, nuevos espacios de transmisión en forma de
publicaciones, capacitación, comunidades de intereses, foros y
productos de todo tipo.
Una de las características mas salientes de la economía
actual es la alta tecnologización y complejidad de sus prácticas
e instituciones: el comercio, la industria, las formas de organización
económica en general. Muchas de las empresas que alimentan la economía
de hoy son enteramente producto de la tecnología y, sobre todo,
de la informatización de los sistemas de producción, tanto
fabriles como de servicios. La industria del software tal vez sea el ejemplo
más cercano y palpable, paradójicamente.
Este aumento de la presencia de tecnologías de la información
y la comunicación en las actividades económicas generan
un excedente productivo, no ya en forma de stock de productos como en
la primera mitad del siglo, sino en forma de materiales simbólicos:
información, conocimiento, diseño, innovación, sistemas,
símbolos, etc.
Estos argumentos nos obligan a reconocer una realidad: la economía
y la cultura no son mundos aparte. Ni siquiera son tecnologías
–en tanto aplicaciones de saber- distinguibles, al menos no hoy.
No existe tal cosa como la “desmaterialización “ de
la economía como desde ciertos ámbitos se declama. Sí
es cierto que la economía se compone cada vez más de productos
simbólicos que de materias tangibles. De hecho, el principal producto
intangible que genera en forma continua e incesante esta economía,
es su propia expresión y representación.
Palabras clave: gestión del conocimiento, economía, discursos, industria editorial, educación, capacitación, representación, información, excedente, digitalización, contenido