El lenguaje vulgar y las maldiciones se han instalado en la sociedad como algo habitual. ¡Hasta los gobernantes las utilizan públicamente!
Este artículo me llama a la reflexión porque, alternando con jóvenes universitarios y profesionales, a uno se le "pegan" inadvertidamente muchas expresiones verdaderamente groseras, que afectan el humor propio y ajeno, aunque nos cueste reconocerlo. Habrá que poner más atención para no contraer esos malos hábitos. Excelente artículo.
Tomás Berriolo