A menudo nos enfrentamos con el "fantasma" de los buenos tiempos, y no permitimos que las historias se terminen, lleguen a su final. Uno puede inventarse el final de cada historia, aunque el otro protagonista se empecine en no hacerlo. Cerrar círculos, permitir dejar partir al otro, a ese trabajo que tanto nos gustaba, lo que sea, es saludable siempre, cuando ya no hay nada que hacer, y nos deja una experiencia enriquecedora que nos ayuda siempre a crecer.