
En África se acostumbra decir que existen dos tipos de hambre: el hambre menor y el mayor. El primero es un hambre relativo a los bienes básicos que sustentan la vida y al dinero para pagarlos. El segundo se refiere a la comprensión del significado de la vida. Normalmente intentamos satisfacer el hambre mayor, calmando al menor. La consecuencia de esto y el dinero son, en última instancia, la medida de todas las cosas. Con palabras y con hechos sostenemos que cuanto más competitivos son los productos, más baratos son y por ende, más ricos seremos. Luego, cuanto más ricos seamos, más felices deberíamos ser... El dinero no sólo satisface las necesidades materiales, sino también y muy frecuentemente, es la unidad de medida de la satisfacción. Que vivimos mejor que nuestros antepasados; que posibilita creatividad; que proporciona cierta capacidad de elección y libertad; que soluciona problemas prácticos, son hechos ciertos y a la vez discutibles. Sólo que el dinero se volvió el denominador (o dominador) común en las aspiraciones de las personas y el objetivo declarado de todos los gobiernos, independientemente de su convicción política. Entrelíneas leemos que si un servicio o un artículo no tienen precio, no cuentan, no interesan. Al respecto no podemos ser ingenuos: el mercado tiene sus límites y sus respectivas consecuencias inesperadas. Entonces es apenas un mecanismo y no una filosofía de vida. Así sus supuestas bondades anexas, como la competencia, la eficiencia y el crecimiento, evolución/progreso, entre otras.
La competencia resulta la base de las comparaciones y aunque no necesita reflejarse en dinero, hoy es particularmente difícil separarlos. Por otro lado, los resultados de la competencia no llevan necesariamente a la satisfacción. Las estadísticas son precisas respecto a la creciente reducción en la calidad de vida de las sociedades desarrolladas: el 45% de los trabajadores se sienten exhaustos al fin del día, los padres dedican un 40% menos de tiempo a sus hijos que hace 40 años y apenas el 20% de los jóvenes piensa tener fuertes posibilidades de vivir confortablemente algún día. Otro de los incuestionables nuevos valores es el de la eficiencia. Sin embargo, tanta pasión por la eficiencia está provocando por sí misma distorsiones. El email y el voicemail, por ejemplo, son tan eficientes que muchas empresas están retirándolos del acceso de sus empleados, quienes pasan tanto tiempo oyendo, leyendo y respondiendo mensajes que, sencillamente, dejaron de pensar. Eficiente, sí. Eficaz, lo dudo. Podemos discar teclas del teléfono para comprar entradas al cine, chequear estados de cuenta, etc. Profundizando quizás averigüemos que perdemos mucho tiempo y dinero en las llamadas. Eficiente, sí... para la compañía telefónica. Ineficaz, para nosotros.
La pregunta será para muchos disonante: ¿Más dinero para gastar en qué? Una tasa de crecimiento del 3% promedio durante 100 años significaría que estaríamos consumiendo 17 veces más que hoy. Vale la pena meditar sobre la posibilidad de comprar 17 veces más autos o electrodomésticos, viajar 17 veces más o con mayor frecuencia, ingerir 17 veces más comida o consumir más petróleo. Y aunque el planeta soporte este capricho, ¿qué haremos con los bienes y servicios? ¿Cuál es el beneficio de incrementar el precio de un bien cuya utilidad es discutible, y para qué exigir más eficiencia en su producción, si un tercio de los trabajadores mundiales están desempleados o subempleados? ¿Realmente buscamos crecer sin medida? ¿Es eso evolución?
Nos criamos en lo que Charles Handy (conocido filósofo europeo contemporáneo) llama una sociedad "Chindogu". Chindogu es una palabra japonesa que describe todas las cosas inútiles que somos tentados a comprar-consumir, como los productos para limpiar anteojos o parabrisas. Los lavarropas traen doce programas de lavado para los distintos tipos de tejido; la mayoría de los mismos no se utiliza. Todos compramos más cosas de las que precisamos, en gran parte porque el mundo nos dice que la manera de mostrar nuestro éxito es a través del número y la calidad de cosas que poseemos. Esto realmente atenta contra nuestra propia inteligencia. Lo que me asusta es que el destino de muchas sociedades parece depender de qué más personas compren chindogu. Y si es así, algo anda mal.
La aparente negligencia en estas circunstancias en los puntos de vista de los que detentan poder, muchas veces es considerada buena educación. Por cierto no adhiero a la postura de que éstos son problemas inevitables del proceso que sólo el tiempo, la modernización y el crecimiento económico resolverán. De verdad siento que los millones de pérdidas humanas arrastradas por la pobreza para algunos necesaria, para otros irremediable, en medio de tanta riqueza inconmovible demuestran involución, falta de inteligencia y de comprensión.
Creo necesario pararnos para pensar, porque depende de nosotros que decidamos lo que hacer con nuestras vidas. Muchos están tan empeñados en su lucha por la supervivencia y por poseer suficiente dinero para comprar muchas cosas, que no se detienen a pensar y observar hacia dónde deben ir. Como adultos debemos pensar seriamente qué es la vida para nosotros. Debe haber algo trascendente, algo que logre que la vida merezca ser vivida. No pensamos lo suficiente en cómo es la sociedad en que nos interesaría vivir, en qué tipo de personas queremos ser realmente, o cómo queremos trascender. Siempre estamos llegando tarde a todos lados. El problema es que la mayoría no sabe a dónde estamos llegando tarde.
Algunas personas con las que hablo parecen expresar que no tienen tiempo para dedicar al aspecto espiritual de su vida. Otras, no lo ven de utilidad. Sin embargo, creo profundamente que casi todas intuyen su significación, y si bien dudan y hasta les incomoda, en algún momento perciben la necesidad de cambiar. Que resulta desconcertante y hasta desopilante tratar de conectarse con lo espiritual en medio de nuestra vida diaria, doy fe. Pero se puede.
Si confiáramos más en nosotros mismos y en nuestro sentir y menos en los dogmas de las doctrinas, del periodismo, de la ciencia, la economía o las religiones conseguiríamos controlar las cosas que nos interesan. Y por fin cambiar lo que creíamos invariable. Una responsable educación de nuestros hijos en este sentido es primordial. Pero no hablo de acumulación de conocimientos, sino de filosofía de vida: con valores como la real conciencia de nuestros actos, el amor, la amistad, la responsabilidad por los demás, y la fe en una causa que no sea el dinero, haremos la diferencia.
Dice este cuento que científicos colocaron cinco monos en una jaula, en cuyo centro había una escalera y sobre ella algunas bananas. Cuando un mono subía la escalera para alcanzar las bananas, los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los restantes que estaban en el suelo. Después de un tiempo cuando uno de los monos subía, los demás lo golpeaban. Luego ya ninguno subía la escalera, a pesar de la tentación de las bananas. Entonces los científicos sustituyeron uno de los monos. Lo primero que éste hizo al entrar fue tratar de subir la escalera, pero los demás lo bajaron a golpes. Al tiempo y tras varias palizas ya nunca más lo intentó. Un segundo mono fue sustituido y ocurrió lo mismo. El primer mono reemplazado participó activamente de la paliza al segundo. El tercero fue cambiado y sucedió igual. El cuarto y finalmente el último de los monos fue reemplazado. Así los científicos tuvieron un nuevo grupo de cinco monos que aún cuando ninguno había sido bañado con agua fría, continuaban golpeando a aquel que intentase llegar a las bananas.
Si fuese posible preguntar a algunos de esos monos por qué le pegaban a quien intentase subir la escalera, con certeza la respuesta sería:
"No sé, las cosas siempre fueron así."
Observemos en nosotros mismos las actitudes que damos por supuestas, que creemos indiscutiblemente verdaderas y preferimos no profundizar. Pensar supone esfuerzo y valentía; abrir la mente y hasta dejar de tener razón...
Alguien puede preguntarse: "Entonces, ¿se trata de cuestionar todo lo aprendido, lo sabido y confirmado?"
Dependerá de qué tanto nos identificamos con esos conocimientos, creencias o juicios, aparte del hecho de que muchos seguramente estarán vencidos.
¿Por qué no pensar que todos somos buenas personas? Muchas veces las vidas son selladas por profecías autocumplidas. Si pensamos lo peor de las personas y lo demostramos, habremos probado tener razón, nada más. Pero el daño será incalculable. Si concebimos un mundo de personas no confiables, éstas no se preocuparán en probar lo contrario. En cambio, si de verdad creemos que la mayoría es competente y merece confianza, harán todo lo necesario para cumplir con las expectativas que han despertado.
Siempre es posible reinventarnos, cambiarnos de vida, de estilo, de creencias. No es tarde para convertirnos en la persona que queremos ser. Si lo tuviéramos presente, seríamos más felices y optimistas cada mañana...