Hablé con un integrante del equipo de ventas
y cuando le comenté lo motivador que resultaba encontrarse en un
día con muchas emociones por logros que tienen que ver con la intención
y la actitud que uno pone en el trabajo, me dijo: esto es un boomerang.
Vos recibís la energía que irradiás sobre la gente
con la misma intensidad con que la arrojaste o cediste.
La frase me pareció estupenda, magnífica, digna de quien
la enunciaba, un motivador nato.
Cuando caminaba por la calle al encuentro de mi mujer, se me ocurrió
llamar al hermano de un amigo, que hacía pocos días sufrieron
la muerte de su padre.
En un viaje a Neuquén, yo escribí en el micro un réquiem,
un compilado de imágenes surgidas en un almuerzo y charla con mi
amigo. No imaginé que iba a mostrar ese correo al núcleo
familiar. Justo cuando llamé, acababa de leerlo y apenas podía
hablar por la emoción. Alcanzó a decir entrecortado: "me
pone feliz que mi hermano tenga un amigo como vos". Boomerang nuevamente
en pocas horas.
Es así.
El tiempo y la energía puesta en quienes nos rodean nos vuelve
mansamente para retroalimentarnos.
En ese principio se basa la cosecha. Sembrar, regar, cuidar, abonar para
luego cosechar.
Lejos están las intenciones de esperar el regreso del boomerang.
Siempre vuelve, tarde o temprano.
No intento acercarme a los conceptos budistas, adhiero a muchos de ellos,
aunque no practique ninguna religión, ni crea en poner la otra
mejilla cuando nos abofetean sin misericordia, ni sonreír cuando
nos están orinando el sombrero desde un balcón.
Hablo de la condición de faro del ser humano, que guía a
otro humano en momentos de niebla y tormenta, que le ayuda a tener un
punto de referencia y que el solo hecho de observar como se aleja del
banco de corales donde encallaría, se siente satisfecho, sin esperar
nada a cambio.
En mi equipo de trabajo reina la camaradería y de alguna forma,
podría considerarse éste a un club de boomerang, un intercambio
desinteresado de energías, una gimnasia de brazos que se alzan
para ofrecerse como faros.
Alguien hace poco, me regaló un par de boomerangs de formas distintas
y pintados a mano.
Todavía no salí a probarlos a ningún lugar abierto.