Termina un año difícil en el que la palabra más utilizada ha vuelto a ser CRISIS,
una crisis que parecía había ya tocado fondo pero que se empeña aun en permanecer
con nosotros durante más tiempo. Una crisis que de alguna manera se nos escapa
y en la que intervienen variables que no controlamos, los mercados, la coyuntura,
son palabras que utilizamos habitualmente y que reflejan con claridad que muchas
de las palancas están en otras manos, no se sabe muy bien cuales, pero al parecer
están lejanas y son ubicuas.
Sin embargo hay otras lecturas de la realidad mucho más esperanzadoras. Son lecciones
que nos dan personas anónimas que hacen las cosas bien, que plantean nuevas e
imaginativas ideas, que hacen de la creatividad y la innovación el ADN de sus
empresas, que se esfuerzan con tesón y mantienen ese esfuerzo contra viento y
marea.
Será difícil salir de la crisis como país si no hay cambios estructurales de fondo;
el terreno de los cambios estructurales se nos escapa pero si que nos queda otro
terreno de juego, el del trabajo y la responsabilidad de cada uno. Eso implica
que tenemos que hacer cosas diferentes de las que hacemos y hacerlas probablemente
de otra manera y todo eso depende solo de las personas, de nosotros, de que mejoremos
nuestras capacidades, de que repensemos lo que hacemos y lo hagamos mejor, con
menor coste, con mayor calidad, de que escuchemos a nuestros clientes y les ayudemos
en sus negocios, de que aprendamos a ser flexibles y a cambiar si es preciso con
rapidez.
Todas esas personas que se esfuerzan, que son capaces de reinventarse nos están
señalando el camino.