“Estoy en una sala de Terapia
Intensiva. El paciente que entró en Paro Cardiorrespiratorio hace
dos minutos ha provocado un caos, el mismo caos de tantas otras veces,
similares veces. En centésimas de segundo el médico de guardia
da órdenes en código que las enfermeras ejecutan a las perfección
mientras carga el desfibrilador y provoca un choque eléctrico que
intentará recuperar el ritmo cardíaco. Máscara de
oxígeno, respiración asistida, cables de conexión
a monitores, vías, catéteres rodean a ese ser indefenso
que yace en la camilla. A los pocos minutos y con los ojos puestos en
el monitor, el médico anuncia: lo sacamos, está vivo.”
¿Es siempre el objetivo final simplemente vencer a la muerte?
Los que estamos inmersos en el campo de la medicina, y que además
convivimos diariamente con la emergencia, en ese delgado margen entre
la vida y la muerte, a veces nos olvidamos de que no es la muerte el peor
de los finales. Quizás lo sea para el médico, para el emergencista
que en su omnipotencia pretende vencer la única cosa irreversible
de la vida, que luego de minutos u horas de esfuerzo y de maniobras de
resucitación claudica ante lo inevitable, y como si fuera poco,
debe luego enfrentarse al terrible momento de dar la noticia a los familiares
de la víctima.
Salvar la vida, a costa de lo que sea, puede ser un objetivo mayor, pero
el objetivo principal debería ser salvar una vida que luego pueda
ser vivida en plenitud.
Soy cardióloga y muchos de mis pacientes han tenido un ataque cardíaco,
o cerebrovascular. Y están vivos, gracias a los buenos profesionales
que los han atendido, a stents colocados en sus arterias para mantenerlas
abiertas, a cirugías de By Pass que han creado puentes por encima
de sus obstrucciones y le permiten a ese corazón bombear con más
fuerza y energía. Les hemos quitado el riesgo de morir, y les hemos
disminuído el riesgo de sufrir dolor, pero no siempre logramos
aplacar el miedo, disminuir la angustia.
Por eso es tan importante detenerse a mirar. A percibir lo que el otro
necesita. Quizás ese ser que ha resuelto lo físico, necesita
ser escuchado, necesita que yo me abstraiga por un momento del resto de
las cosas que nos ocupan y le cuente, en palabras simples, que no se va
a morir, al menos no de esto, al menos no por ahora, que debe cuidarse
para no empeorar las cosas, de cómo debe cuidarse y paulatinamente
enseñarle a reinsertarse en la vida diaria, cada día más
fortalecido, con mayor seguridad en sí mismo, libre, liberado.
Y esto se traduce a todas las cosas de la vida. Cuando criamos a nuestros
hijos, y pretendemos que nada los dañe, que no se lastimen, que
no sufran. Cuando cuidamos nuestro trabajo y por miedo a perderlo soportamos
maltratos, horarios inadecuados, presiones y exigencias en función
de no perder lo logrado.
El objetivo final siempre debe ser la calidad de vida. Cuidar nuestro cuerpo
para evitar enfermarnos y así poder estar bien para disfrutar de nuestros afectos
y hacer mejor nuestro trabajo. Acompañar a nuestros hijos en esa dura tarea
que es crecer, con responsabilidad pero libres, seguros, capaces de diferenciar
lo bueno de lo que no lo es tanto. Defender nuestro trabajo pero no negociar
lo irreconciliable si nuestra dignidad está en juego. Porque finalmente, sólo
quien está bien con uno mismo, puede estar bien con los demás, y una vida armónica
es lo que nos permite recuperar y sostener la paz .
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