Martes 18 de Junio de 2013
 

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Marcelo Vázquez Avila

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Marcelo Vázquez Avila
Marcelo Vázquez Avila |
Educar para la realidad

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Uno de los límites que percibo en mi entorno es la tendencia a satisfacer todas las expectativas y deseos de los niños y jóvenes.

El desarrollo maravilloso de la tecnología permite a muchos el acceso inmediato a la información, la posibilidad de conseguir lo deseado al instante, a golpe de tecla. Por otra parte, no son pocos los padres y educadores que argumentan como motivo para satisfacer a los niños, el hecho de que al menos éstos tengan lo que ellos no pudieron por vivir en momentos de mayor precariedad y menores recursos. El error craso está en creer que satisfacer todas las expectativas es educativo y que educar al éxito vistoso y triunfante no pasa factura desagradable.

En efecto, otro reto de la sociedad de hoy viene dado por la necesidad de enseñar a convivir con el deseo no siempre satisfecho, a integrar la frustración y a aprender del fracaso. En el fondo, la educación, supone el coraje de aceptar que la pérdida, el fracaso, la vulnerabilidad, el límite y la muerte forman parte de la vida. Vivir a ciegas no puede ser saludable. Educar ignorando que el límite forma parte de la vida, como lo forma el fracaso, es caer en una educación que llevará a la inmadurez.

En el fondo, no se trata, ni más ni menos, que educar a ser fieles a la realidad misma y a la creatividad responsable.

Si educar significa acompañar a desarrollar las facultades intelectuales, emocionales, afectivas y morales de una persona, los educadores y formadores habrán de poseer las competencias que desean ver nacer y crecer en los educandos. Los formadores que sólo hablan, pero que actúan de un modo visiblemente contradictorio, boicotean el mismo mensaje que pretenden transmitir.

Cuando se trata de enseñar, de generar salud mediante la educación, la vía del testimonio, abierto siempre a la creatividad y al cambio que se produce en el diálogo, es la privilegiada.

Por eso, ser buen educador se convierte en ser buen “compañero de aprendizaje” porque la verdad y la bondad se alumbran en el encuentro interpersonal y la persona se hace en la relación.

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