Las virtudes vienen a nuestro encuentro al evocarlas en nuestra mente y en nuestro
sentir, durante las situaciones cotidianas. La adquisición y el desarrollo
de virtudes tales como la paciencia, la seguridad, el autodominio, la perseverancia,
entre tantas otras, se pueden conseguir con la práctica. Es, de verdad,
una cuestión de entrenamiento. Quien no sabe tocar un piano se asombra
de lo que es capaz un pianista. Pero el pianista no lo ha sabido desde el principio,
así, sin más. Se ha ejercitado muchos, muchos años. Con un
escritor pasa lo mismo. Con una persona virtuosa pasa lo mismo.
Al igual que un pintor en una Academia de Bellas Artes, un músico en un
conservatorio o un escritor en ciernes, quien quiere desarrollar las virtudes
debe valerse, además del escenario natural de la vida, de "institutos,
escuelas o talleres especializados en la materia" para aprender a enfocarse,
perfeccionar su aplicación y mejorar con la práctica.
Así como a escribir se aprende escribiendo y esa es la enseñanza
que muchos escritores han dejado a aquellos que empezaban a sentir la pasión
de la literatura; de la misma manera las virtudes se aprenden poniendo manos a
la obra.
En la vida cotidiana se encuentra el ámbito de entrenamiento y la materia
prima necesarias para llegar a ser una persona virtuosa, mejorando así
paulatinamente la calidad de vida.