La fiesta era estupenda y Marilyn
no desentonaba con ella. Marilyn es en realidad Raquel aunque todos lo
llamen Marilyn por el increíble parecido a la diva norteamericana
en la ingestión de barbitúricos. Ella debe ser, a juzgar
por la primera impresión, un manjar delicioso entre las sábanas.
Su caída de ojos es tentadora. Acepto el reto con un guiño
varonil. Me mira de pies a cabeza sonriendo mientras avanza. Se acerca
desde el otro extremo del salón sin quitarme los ojos de encima,
insinuante, moviendo maravillosamente sus perfectas caderas, un balanceo
que fue para mí un acto de provocación, un contoneo tan
llamativo que me obligó a mirarla de arriba abajo. Todo perfecto.
Todo. Todo a excepción del taco del zapato de su pie izquierdo
que se había quebrado obligándola a caminar de esa manera.
Hizo un leve giro para noquearme con el muslo bronceado y ese tajo profundo.
Veintiséis puntos le dieron en aquel accidente en moto el verano
pasado donde un practicante la cosió como si fuese una bolsa de
arpillera.
Marilyn me recuerda a Nicole. Aquella francesa me enseño todo en
el verano del “77 cuando me lleve varias materias a marzo. En anatomía
confundía teoría con práctica y en las siestas de
ese verano las prácticas cada vez más frecuentes me doctoraron
en el sexo oral, pero el examen de matemática era escrito. En su
dormitorio perdí mi chance de pasar de año y dos calzoncillos.
Creo que fue una precursora de la hotline cuando me adelantaba por teléfono
lo que repasaríamos al día siguiente. Ella desapareció
de mi vida de repente, como la línea de teléfono cuando
mi padre se negó a pagar la factura.
Marilyn sabía perfectamente lo que provocaba en los hombres. Difícilmente
uno pueda mantenerse erguido después de mirar su escote. Recordé
aquella broma que le hacíamos a Lilian en Copacabana cuando arrojábamos
carozos de aceituna entre sus senos por encima del cuello de la remera
y la agitación de curvas y formas que tanto nos excitaba. No podía
hacer eso ahora. El servicio de la fiesta era excelente pero no había
paltas en el menú.
-¿A qué hora empieza
la diversión? – me preguntó mirándome
a los ojos.
- No sé, llegué recién –contesté.
- Entonces ya empezó... - me dijo al oído con voz
de gata en celo.
Intenté ensayar una sonrisa
sobradora olvidándome por completo del medio vaso de Birden que
tenía en mi boca. La mezcla con vodka debía estar fuerte
porque la solapa de mi smoking comenzó a ponerse violeta. Ella
me ayudó a sacudirme de encima lo que no había logrado tragar
y como al descuido me pasó la mano por la entrepierna. Luego sonrió.
- Qué trago interesante....¿Qué
es? – me preguntó saboreándose el dedo índice.
- ¿El trago o lo que estás tocando?
- Si querés pueden ser lo mismo para mí.....
Puedo ser torpe pero no idiota.
Entendí el mensaje y le convidé lo que quedaba en el vaso.
- ¿Jugamos a las adivinanzas?
–me preguntó mientras acariciaba con la punta de su lengua
el labio superior, rojo furia.- Okey- dije y volví a sonreír
no sin antes tragar todo lo que tenía en mi boca incluyendo el
cigarrillo.
- ¿No te quemaste, rico?
- Claro que no, muñeca. Siempre lo hago –contesté
con lo que quedó de mi lengua mientras ganaba tiempo pensando
en adivinanzas como la del caballo muerto, la cebolla, la lluvia.
- Primero las damas –dijo acomodándome el moño.
Si adivinás de qué color es mi ropa interior.
La música era suave.
Tan suave como las manos de Marilyn. Ella se dio cuenta de que no perdía
de vista su escote y tiró los hombros hacia atrás. Temí
que el botón del centro me quitara un ojo. Hice un gran esfuerzo
por contener mis manos. Hice otro por controlar mi pulso y un tercero
para quitar mi pie apoyado encima del pie del embajador que se acercó
a saludarme. Luego de que él me contestara en inglés lo
que yo le pregunté en castellano con media lengua carbonizada,
Marylin suspiró.
- Salgamos al balcón-
susurró en mi oído.
Me tomó de la mano y
caminamos entre los cien invitados. Conseguí rescatar un cubito
de hielo de una de las bandejas y colocarlo en mi boca que ya había
dejado de humear. Las estrellas brillaban en la noche y la mancha de mi
smoking había desaparecido casi por completo junto con parte de
la solapa. Los fuegos artificiales reflejaban el brillo de sus ojos claros.
Apoyó sus manos en mi pecho. Sus manos temblaban. Mi corazón
no las dejaba quedarse quietas. Se acercó y me dio un beso fugaz
que precedió a otro tan intenso que me hizo temer por mi vida.
Su lengua recorrió mi boca y se anudó a la mía mientras
sus manos seguían sacudiendo manchas ya inexistentes. Juro haber
escuchado el sonido de la tela al rasgarse. Con una de sus manos me tomó
de la nuca y empujó mi cara contra su pecho totalmente poseída.
Entre pequeños jadeos de placer preguntó:
- ¿Cuándo asumís
en la ONU, Dante?
- No me llamo Dante – dije con voz ahogada.
- ¿Vos no sos Caputo?- preguntó tirándome
de los pelos de la nuca hacia atrás y mirándome fijamente
con desconcierto.
La pregunta la entendí varias horas después, al principio creí que tenía
una extraña duda sobre mis inclinaciones y traté de pasar a la demostración jalando
de un bretel. El ruido de la cachetada se confundió con el de mis dientes.>
- ¿Cómo te llamás,
idiota?- me preguntó sin una sombra de erotismo.
Dije mi nombre con la claridad que me permitían
mi lengua carbonizada y dos muelas flojas. Me cubrí la cara con
las manos y después de unos minutos volví al salón
espiando entre mis dedos. Marilyn estaba ahí, derramando licor
en la solapa de su próxima víctima.
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