Viernes 25 de Mayo de 2012
 

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Hector Gomez
Hector Gomez |
Nacimiento de un Dios a nuestra medida

José rezaría o se pasearía nervioso, como lo han hecho todos los padres de la historia y lo seguirán haciendo....Se encontraba fuera de la cueva donde María esperaba el gran momento, el momento del parto del Hijo de Dios. Todo era tan misterioso. José debió de sentir muchas veces deseos de entrar a la cueva para acompañar a María, pero la ley prohibía terminantemente que el padre estuviera en el cuarto de la parturienta a esa hora.

Al fin oyó la voz de su esposa, llamándole. Esperaba encontrar a María quizá sobre la paja, pero estaba junto al pesebre, pasándose la mano por la frente como señal de que todo había terminado. María sonreía y le hacía señas que se aproximase. Vió una tierna carita, blanda y húmeda, aún apretados los ojos y los puñitos, con bultos rojos en los hinchados pómulos. Al tomarle en sus manos temió que pudiera deshacérsele, ¡tan blando era!...y mientras lo colocaba en sus rodillas, sintió que las lágrimas subían a sus ojos. "Este es, pensó, el que me anunció el ángel" y su cabeza no podía creerlo.

Hasta aquí un relato que ha querido asemejarse a la realidad, a una realidad como la nuestra: humana, sencilla, llena de sentimiento.

Había nacido, un bebé, sólo un bebé. ¿Era aquello lo que había anunciado el ángel y el que durante siglos había esperado su pueblo? Un bebé que era el enviado para salvar al mundo: Dios Todopoderoso; pero el niño era todo desvalido. El Hijo esperado era la Palabra; aquel bebé no sabía hablar.

El Mesías sería el Camino; pero éste no sabía andar. Sería la Verdad omnisciente; pero esta criatura no sabía ni siquiera encontrar el seno de su madre para mamar. Iba a ser la Vida; pero se moriría si su madre no lo alimentase. Era el Creador del sol; pero titiritaba de frío y precisaba del aliento de un buey y de una mula. Había cubierto de hierba los campos; pero estaba desnudo.

Si Dios quería venir al mundo ¿porqué venir por esta puerta trasera de la pobreza? Si venía a salvar a todos, ¿porqué nacía en esta inmensa soledad? Y sobretodo, ¿porqué le habían elegido a ella, la más débil, la menos importante de las mujeres del país?

Nada había acompañado ese parto. Ningún milagro. Ni ángeles, ni luces. Los ángeles los había reservado Dios para quienes lo necesitaban: los pastores. Y, sin embargo, aquel bebé era la plenitud de Dios. El mundo, que esperaba de sus labios la gran revelación, recibió como primera palabra, una sonrisa. Esta era, en verdad, su gran palabra!

Su no poder hablar era la prueba definitiva que se había hecho íntegramente hombre, de que había aceptado todo nuestra humanidad, tan pobre y tan débil como es. Su gran revelación no era una afirmación teológica, ni un complicado silogismo, sino la certeza de que Dios nos ama, de que el hombre no fue abandonado a la deriva tras el pecado. Dios era amor. Siéndolo ¿cómo no entender que viniera en forma de bebé? El reino de la locura había comenzado.

Esta locura, como es natural, tenía que escandalizar a los "inteligentes", que se han empeñado en hacer de nuestro Dios un excelentísimo señor. Para muchos, les es imposible aceptar a Dios bebé, sencillo, humano y lleno de amor, del amor que cuestiona y mueve el tapete a cada momento. Otros sólo lo aceptan como bebé, con tal de que sea guapito y si es posible rubio y sobretodo silencioso: que no cuestione, que no interpele nuestras vidas, nuestras posesiones.

Pero el Dios verdadero es este bebé inerme, envuelto en los más humildes pañales, nacido en la más total pobreza. ¿Porqué la riqueza habría de ser más digna de Dios que la humilde sencillez de los pobres?

Ya se ha dicho: aquella noche se instauraba el reinado de la locura. A la hora que El nació, alguien contaba sestercios en un palacio de Roma, algún sabio en Alejandría daba los últimos toques a la piedra filosofal, algún general mostraba en las Galias que la espada es la reina del mundo, un capitalista de aquél tiempo proclamaba su lema favorito "vales lo que tienes", quizá un sistema macroeconómico, un neoliberalismo. Pero el bebé del portal comenzaba a dar a todas esas cosas su verdadero nombre: ¡estiércol!

Traía una nueva moneda para medir las cosas: el amor. Sabía bien que nadie terminaría de aceptar del todo esta nueva moneda, pero no por eso sería menos cierto que amar era el único verdadero valor.

Esta clase de Dios era el único que podíamos aceptar. No nos humilla con sus grandezas. Nos hace grandes con su pequeñez. "Si Dios se ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más grande que se puede ser" (Ortega y Gasset). "Nadie puede amar una cosa, al menos que pueda rodearla con sus brazos" (Fulton Sheen). "Lo difícil no es creer que Cristo sea Dios, lo difícil sería creer en Dios si no fuera Cristo" (Melegue).

Celebramos otra vez la Navidad, que es esencialmente amor. Amor implica paz entre los hombres. Esa paz que parece alejarse cada día más... la paz económica se llena de nubes y éstas son negras, la "Paz" entre los países sigue siendo lucha entre muchos. La "paz" en los pueblos está llena de competencia, de pisar al otro, de aniquilarlo, a través de juegos sucios o de armas. La "paz" familiar se ve amenazada, la "paz" conyugal se quiebra, se rompe frecuentemente.

Sin embargo, hay hombres y mujeres que luchan encarecidamente por la paz. Hay un premio nobel de la paz. Detrás de todos ellos hay muchos más que están haciendo lo mismo...lo mismo en la oscuridad, en el silencio, en la soledad, en la persecución...a ellos también les corresponde un Premio Nobel.

Hoy más que nunca, nos podríamos preguntar, más que lamentarnos, ¿qué estoy haciendo yo en concreto para la paz del mundo, para la paz en la comunidad en que vivo, para hacer revivir la Navidad, la verdadera Navidad de amor, de paz?

Si en el fondo no estoy haciendo nada, si al contrario hago la guerra, siembro la discordia, miento, manipulo, ataco, humillo, hiero a los demás.... simplemente no tengo derecho a celebrar la Navidad. Si así soy y soy sincero conmigo mismo, tendría que quemar el árbol de Navidad que he puesto, regalar al más necesitado los regalos que he comprado, cancelar la cena de Nochebuena. Tengo esta alternativa. Tengo otra: ser hipócrita.

Ojalá todos tengamos algún derecho de celebrar la Navidad.







Comentaron esta entrada:

Miguel Oropeza |

Héctor: Tu mensaje me ha llegado profundo. Es cierto. Es necesaria la reflexión: ¿Cuántas veces pregono la paz mas sin embargo es solo por...

Alba Riverón |

Estimado Héctor es realmente así .....porque si no colocamos un grano de arena cada uno de nosotros para dar un paso hacia la Paz....este mundo va...


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