José rezaría o se pasearía nervioso, como lo han
hecho todos los padres de la historia y lo seguirán haciendo....Se encontraba
fuera de la cueva donde María esperaba el gran momento, el momento del
parto del Hijo de Dios. Todo era tan misterioso. José debió de
sentir muchas veces deseos de entrar a la cueva para acompañar a María,
pero la ley prohibía terminantemente que el padre estuviera en el cuarto
de la parturienta a esa hora.
Al fin oyó la voz de su esposa, llamándole. Esperaba encontrar
a María quizá sobre la paja, pero estaba junto al pesebre, pasándose
la mano por la frente como señal de que todo había terminado.
María sonreía y le hacía señas que se aproximase.
Vió una tierna carita, blanda y húmeda, aún apretados los
ojos y los puñitos, con bultos rojos en los hinchados pómulos.
Al tomarle en sus manos temió que pudiera deshacérsele, ¡tan
blando era!...y mientras lo colocaba en sus rodillas, sintió que las
lágrimas subían a sus ojos. "Este es, pensó, el que
me anunció el ángel" y su cabeza no podía creerlo.
Hasta aquí un relato que ha querido asemejarse a la realidad, a una realidad
como la nuestra: humana, sencilla, llena de sentimiento.
Había nacido, un bebé, sólo un bebé. ¿Era
aquello lo que había anunciado el ángel y el que durante siglos
había esperado su pueblo? Un bebé que era el enviado para salvar
al mundo: Dios Todopoderoso; pero el niño era todo desvalido. El Hijo
esperado era la Palabra; aquel bebé no sabía hablar.
El Mesías sería el Camino; pero éste no sabía andar.
Sería la Verdad omnisciente; pero esta criatura no sabía ni siquiera
encontrar el seno de su madre para mamar. Iba a ser la Vida; pero se moriría
si su madre no lo alimentase. Era el Creador del sol; pero titiritaba de frío
y precisaba del aliento de un buey y de una mula. Había cubierto de hierba
los campos; pero estaba desnudo.
Si Dios quería venir al mundo ¿porqué venir por esta puerta
trasera de la pobreza? Si venía a salvar a todos, ¿porqué
nacía en esta inmensa soledad? Y sobretodo, ¿porqué le
habían elegido a ella, la más débil, la menos importante
de las mujeres del país?
Nada había acompañado ese parto. Ningún milagro. Ni ángeles,
ni luces. Los ángeles los había reservado Dios para quienes lo
necesitaban: los pastores. Y, sin embargo, aquel bebé era la plenitud
de Dios. El mundo, que esperaba de sus labios la gran revelación, recibió
como primera palabra, una sonrisa. Esta era, en verdad, su gran palabra!
Su no poder hablar era la prueba definitiva que se había hecho íntegramente
hombre, de que había aceptado todo nuestra humanidad, tan pobre y tan
débil como es. Su gran revelación no era una afirmación
teológica, ni un complicado silogismo, sino la certeza de que Dios nos
ama, de que el hombre no fue abandonado a la deriva tras el pecado. Dios era
amor. Siéndolo ¿cómo no entender que viniera en forma de
bebé? El reino de la locura había comenzado.
Esta locura, como es natural, tenía que escandalizar a los "inteligentes",
que se han empeñado en hacer de nuestro Dios un excelentísimo
señor. Para muchos, les es imposible aceptar a Dios bebé, sencillo,
humano y lleno de amor, del amor que cuestiona y mueve el tapete a cada momento.
Otros sólo lo aceptan como bebé, con tal de que sea guapito y
si es posible rubio y sobretodo silencioso: que no cuestione, que no interpele
nuestras vidas, nuestras posesiones.
Pero el Dios verdadero es este bebé inerme, envuelto en los más
humildes pañales, nacido en la más total pobreza. ¿Porqué
la riqueza habría de ser más digna de Dios que la humilde sencillez
de los pobres?
Ya se ha dicho: aquella noche se instauraba el reinado de la locura. A la hora
que El nació, alguien contaba sestercios en un palacio de Roma, algún
sabio en Alejandría daba los últimos toques a la piedra filosofal,
algún general mostraba en las Galias que la espada es la reina del mundo,
un capitalista de aquél tiempo proclamaba su lema favorito "vales
lo que tienes", quizá un sistema macroeconómico, un neoliberalismo.
Pero el bebé del portal comenzaba a dar a todas esas cosas su verdadero
nombre: ¡estiércol!
Traía una nueva moneda para medir las cosas: el amor. Sabía bien
que nadie terminaría de aceptar del todo esta nueva moneda, pero no por
eso sería menos cierto que amar era el único verdadero valor.
Esta clase de Dios era el único que podíamos aceptar. No nos humilla
con sus grandezas. Nos hace grandes con su pequeñez. "Si Dios se
ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más grande que se puede ser"
(Ortega y Gasset). "Nadie puede amar una cosa, al menos que pueda rodearla
con sus brazos" (Fulton Sheen). "Lo difícil no es creer que
Cristo sea Dios, lo difícil sería creer en Dios si no fuera Cristo"
(Melegue).
Celebramos otra vez la Navidad, que es esencialmente amor. Amor implica paz
entre los hombres. Esa paz que parece alejarse cada día más...
la paz económica se llena de nubes y éstas son negras, la "Paz"
entre los países sigue siendo lucha entre muchos. La "paz"
en los pueblos está llena de competencia, de pisar al otro, de aniquilarlo,
a través de juegos sucios o de armas. La "paz" familiar se
ve amenazada, la "paz" conyugal se quiebra, se rompe frecuentemente.
Sin embargo, hay hombres y mujeres que luchan encarecidamente por la paz. Hay
un premio nobel de la paz. Detrás de todos ellos hay muchos más
que están haciendo lo mismo...lo mismo en la oscuridad, en el silencio,
en la soledad, en la persecución...a ellos también les corresponde
un Premio Nobel.
Hoy más que nunca, nos podríamos preguntar, más que lamentarnos,
¿qué estoy haciendo yo en concreto para la paz del mundo, para
la paz en la comunidad en que vivo, para hacer revivir la Navidad, la verdadera
Navidad de amor, de paz?
Si en el fondo no estoy haciendo nada, si al contrario hago la guerra, siembro
la discordia, miento, manipulo, ataco, humillo, hiero a los demás....
simplemente no tengo derecho a celebrar la Navidad. Si así soy y soy
sincero conmigo mismo, tendría que quemar el árbol de Navidad
que he puesto, regalar al más necesitado los regalos que he comprado,
cancelar la cena de Nochebuena. Tengo esta alternativa. Tengo otra: ser hipócrita.
Ojalá todos tengamos algún derecho de celebrar la Navidad.